Tamara tiene una relación

Fuente: Fluvium.org
Autor: Enrique Monasterio

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Asidas a la misma barra en un vagón del Metro, dos chicas cargadas de libros hablan de sus cosas. Yo estoy a tres palmos y me es imposible no oírlas.


— Había algo, a que sí –pregunta una–.


— Bueno; teníamos una relación, pero lo hemos dejado. Ahora tengo otra relación en plan bien con Moncho… Sí, mujer, aquel chico supersimpático que estaba con Mati.


— ¿El amigo de Tono? Pero, ¿no tenía una relación con tu cuñada?
Al llegar a este punto el tren se detiene; se abren las puertas y las dos amigas salen al andén. Vuelve el silencio. Casi nadie habla en el Metro a primera hora de la mañana.


Aún quedan cuatro paradas para llegar a mi destino, pero no sigo leyendo. La frase “tener una relación” empieza zumbarme en el oído como un moscardón.

 

…Estar en pareja …

relacionesHace tiempo escribí sobre “la pareja”, y me atreví a sugerir que ese término se utilizara siempre con su correspondiente aclaración: pareja de ases, de medios volantes, de bueyes, de guardias civiles, de novios, de recién casados, etc., ya que la precisión siempre es virtud, y la tendencia a llamar “mi pareja o tu pareja” a cualquier ser humano del mismo o distinto sexo con el que se tenga un nexo sentimental (léase carnal), contribuye a empobrecer el lenguaje y enmarañar las cosas. A uno le parece ilícito que el idioma iguale lo que es desigual en la naturaleza.

Han pasado pocos meses, y “la pareja” ha perdido fuelle. Ahora lo que se lleva es “tener una relación”. Al menos esa es la expresión de moda en el marujeo mediático de la radio, la tele y la prensa cardiaca. Las dos chavalas del metro no hacían sino asumir con entusiasmo ese lenguaje, quizá porque les suena mono y es guay.

Entonces… ¿cuál es la diferencia con tener una relación?

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Cuando decimos que Tamara “tiene una relación” (con Iván, pongamos por caso) no significa exactamente que sean amigos, novios o cónyuges; ni siquiera amantes, que es vocablo preciso, aunque política y socialmente incorrecto. Tampoco equivale a “tener relaciones”, que fue una expresión frecuente en otro tiempo. Esas “relaciones” –en plural y sin artículo– equivalían al noviazgo en fase inicial y tenían un fin concreto: el matrimonio.

“Una relación” es otra cosa. Es lo menos que uno puede tener. Si Felipe “se echa novia” (he aquí otra expresión arcaica), a partir de ese momento él mismo se convierte en novio, o en “prometido”, que dirían nuestros padres. Y si lo que tiene es una amiga o una esposa pasará a ser amigo o marido. Sin embargo tener “una relación” ni altera ni compromete: es algo epidérmico, es amar a lápiz, en papel borrador.

— Pepe, te presento a mi madre. Aquí, mamá. Aquí…, una relación.

El bueno de Forges escribió hace años algo parecido en un chiste: un narizotas, flanqueado por dos poderosas matronas, decía “aquí mi mujer; aquí una circunstancia”. Ahora parece como si algunos quisieran convertir sus amores en meros complementos circunstanciales.

Nótese, por ejemplo, la importancia del artículo indeterminado que siempre precede a la famosa “relación”. Nadie dice que tiene “una” novia, salvo que dé por supuesto que pronto tendrá “otra”. Los novios no se numeran. De ahí que la presencia de ese artículo contribuya a hacer aún más ligera la expresión.

 

y… ¿en cuánto a las relaciones?

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— Bueno, ya se sabe que a la gente joven no le mola el lenguaje solemne…
Es cierto; pero el habla de la gente siempre es reveladora. En este caso se trata sólo de un síntoma más de un fenómeno conocido: el de la banalización de las relaciones sexuales.

En estos últimos años el trato sexual ha crecido vertiginosamente. De ahí que el sexo se haya convertido en muchos ambientes en algo fútil, corriente y nada misterioso. La famosa revolución sexual de los sesenta, que prometía paraísos de felicidad a los que tuviesen el valor de liberarse de tabúes, ha desembocado en esto. El intercambio sexual ya no compromete.

El cuerpo ha dejado de ser sagrado como lo es el alma. La propia entrega no es entrega, sino préstamo o alquiler. Al final sólo queda “una” relación.

Por eso estimula tanto comprobar que aún existen amores apasionados, novios que sólo sueñan con un matrimonio eterno e indestructible.

Como aquella niña… ¿Cómo se llamaba? Un día me dijo que estaba superenamorada de Luis:

— Hemos decidido casarnos el uno de mayo del 2010, que cae en sábado. Pero no se lo diga a nadie. Es un secreto. ¿Nos casará usted?

Ya veremos. De momento sólo tienen 21 años…, entre los dos, por supuesto. Y no se les ocurrirá decir que entre ellos hay sólo “una relación”.

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