Una monja moderna

Fuente: http://www.buenas-noticias.org
Autor: Adolfo Güémez, L.C.

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Sucedió ayer. Tomé un avión que salía de Roma hacia Madrid. Los pasajeros, los de siempre: turistas, empresarios, aventureros. Los retrasos, también los de siempre… Me senté a la mitad del avión. Al lado mío estaba una monjita joven. Con su sonrisa y su rostro claro me inspiró grande paz. Su mirada transparente hablaba más de Dios que miles de sermones. Muy digna ella, con su hábito blanco y su rosario en la mano.

Cuando acabó de rezar comenzó a platicarme de su formación y su vocación. Una conversación agradable como pocas. Sacó también a flote el amor que tenía por la Iglesia y su deseo de hacer cada vez más por ayudarla. Me confesó que veía el mundo no como un amasijo de consumistas y ateos, sino como una rueda que se dirige constantemente a Dios.

«No soy optimista -me dijo-, soy una mujer que vive de esperanza. La diferencia entre el optimismo y la esperanza es que el primero dice: “Todo saldrá bien porque el mundo no puede ir peor”; la segunda, en cambio: “Dios está con nosotros, nos ama y jamás nos abandonará. Y a pesar de que las cosas vayan mal, al final siempre lo podemos encontrar a Él… si queremos”», y soltó una sonrisa centellante.

En esas alturas andábamos -nunca mejor dicho- cuando llegó el tentempié. Un buen pollo frío, un pan acartonado y una ensalada reseca. Nada mejor para continuar hablando. Obviamente, no antes de haber bendecido los alimentos.

Sin afán peyorativo pensé: «Esta es una monja clásica». Pero hete aquí que, después de la comida, sacó de su equipaje una flamante laptop y comenzó a escribir.

La curiosidad me invadió, pues no es normal ver a una monja trabajando en una portátil y mucho menos en un avión. Resulta que la buena religiosa, además de todos sus afanes catequéticos y pedagógicos, dedica parte de su tiempo a escribir en un diario de su diócesis. Además, es consultora vocacional de su congregación -que penosamente no recuerdo cuál era-, y tenía que responder una buena docena de e-mails.

Yo me quedé boquiabierto. Una reverenda moderna. Pero también clásica. Y es que lo moderno no está necesariamente reñido con lo clásico.

Aprendí mucho de ella. Sobre todo que en la Iglesia tenemos que aprovechar mejor los avances tecnológicos para evangelizar más, a condición de que por encima de todo se ponga la fidelidad a la misma Iglesia. También me enseñó que los cristianos tenemos la seguridad del triunfo, no por nuestro esfuerzo, sino porque Dios nos lo ha prometido.

¡Cuántas religiosas hay en el mundo que viven así su vocación! ¡Miles! Cierto, las menos viajan en avión, y tal vez ni siquiera tengan correo electrónico. Para la inmensa mayoría, una muchedumbre, se desgasta ejemplarmente transmitiendo el amor de Dios a los demás.

Hna. María Luisa, ¡gracias! ¡Y adelante!